ESCUCHARNOS A NOSOTROS MISMOS PARA PODER COMUNICARNOS DE VERDAD

Cuántas guerras entre países, entre amigos, entre familias, parejas e hijos generamos por no escucharnos a nosotros mismos…

Ante un determinado hecho objetivo ocurrido entre dos personas, nada tiene que ver lo que le llega a uno y lo que le llega al otro. ¿Y cómo ocurre eso si ambos han vivido la misma experiencia? Porque, ante la misma vivencia, la primera persona rellena la información con sus expectativas, necesidades, miedos, anhelos y la segunda hace lo mismo con respecto a los suyos propios. Como resultado final, surgen dos interpretaciones de la misma realidad diferentes, en mayor o menor grado, que pueden llevar a malentendidos de pequeño, medio o gran alcance.

Lo que cada persona añadimos “para rellenar” lo acontecido en un determinado momento nos permite ajustar lo vivido a nuestra percepción individual del mundo. De este modo, ordenamos lo ocurrido, lo que nos aporta coherencia y seguridad.

Si consideramos el ejemplo de la conducción, resulta adaptativo el “automatizar” los aprendizajes, o lo que equivale en el caso de razonamientos abstractos, generalizar y crear esquemas mentales. Estos nos permiten simplificar nuestra realidad para ir construyendo, sobre lo ya conocido, un conocimiento cada vez más complejo sobre el mundo que nos rodea.

Pero existe una trampa con todo este funcionamiento cognitivo del ser humano y es que mucho del contenido que forma parte de esos esquemas mentales que hemos sentenciado como verdades inamovibles surgen de experiencias subjetivas, es decir, de determinadas vivencias emocionales que han otorgado un sentido u otro a la realidad vivida y que nuestra mente ha convertido, finalmente, en verdades objetivas.

Y esto genera guerras, bandos, luchas, malentendidos,… porque todos nos creemos poseedores de la verdad cuando, en realidad, todo es resultado de vivencias, normalmente más o menos negativas, que nos han hecho crearnos ciertas protecciones defensivas mentales rígidas que nos colocan en uno u otro bando.

Y digo que surgen de experiencias emocionales negativas racionalizadas porque las experiencias emocionales positivas abren el corazón y no cabe ningún tipo de guerra ni competencia ni nada que racionalizar, porque la propia experiencia, en sí misma, aporta paz. Ahí, todo es vida, todo es sensación, nada se transforma ni racionaliza…

Muchas de las situaciones cotidianas con familiares, amigos u otros que generan malentendidos surgen de esas expectativas que ponemos en el otro y no son cubiertas, de esos miedos que paralizan y someten o nos llevan a agredir para sobrevivir, de todos esos funcionamientos internos inconscientes con los que “rellenamos” la realidad y que, por supuesto, acaban generándonos malestar.

Y la mayor parte de esos funcionamientos inconscientes se construyen durante nuestra infancia.

Por eso es tan importante la Crianza Consciente. No se trata de algo que “está de moda”. Se trata de una elección responsable si queremos evitar, en la medida que nos resulte posible, plantar las semillas en la vida de nuestros hijos que acabarán por germinar y crecer, creando esta destructible maraña mental que paraliza, desvitaliza y desune a los seres humanos.

Por eso es vital criar conscientemente. Por eso es imprescindible, para ello, sanar primero nuestro propio enredo. Porque solo así, libraremos a nuestros hijos de esta trampa mental. Sólo así existirá una posibilidad de cambiar el mundo.

No se trata de un camino fácil, pero sí necesario…

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